Las personas adecuadas que han de estar, hoy, en nuestras vidas, son todas aquellas que están ahora.
Ni llegamos o marchamos a destiempo.
Nada es fruto de la casualidad.
Nuestro conocimiento del porqué vivimos lo que vivimos es muy limitado.
Pero no por desconocerlo deja de tener su porqué.
Los objetivos de esta experiencia vital, los desconocemos… los vamos descubriendo a medida en que avanzamos.
Las experiencias que vivimos y las personas que nos ayudan ha hacerlo, tienen este propósito.
Por tanto, las personas que hoy forman parte de nuestra vida, son justo las que han de estar.
Algunas llegaron y se fueron, otras van y vienen, otras permanecen y otras vendrán.
Todas nos han aportado, aportan y aportarán… y a todas les hemos aportado, aportamos y aportaremos.
Todos nos provocamos sentimientos y emociones. De las que extraemos conclusiones.
Podemos clasificarlas como positivas o negativos.
Esto es una apreciación subjetiva.
Con el tiempo podemos cambiar nuestra apreciación.
Siempre recuerdo la frase que le decía una madre a un hijo bastante atolondrado, cuya vida era una verdadera montaña rusa emocional… y que afectaba a todo su entorno.
Cuando la pobre mujer se sentía impotente ante las decisiones del hijo, que lo llevaban de desastre en desastre, le decía:
-Dichosa la que te quiera y no te tenga. Nunca sabrá lo que se ha perdido.
Quizá la persona que no logro su anhelo, visto con la perspectiva del paso del tiempo, se de cuenta de lo afortunada que fue… y que no comprendió en su momento.
Mira por donde. Ahora, cree que se salvo de vivir una experiencia mucho más dolorosa que la de no conseguir su anhelo.
O quizá, como muchas experiencias vividas, permanezca en la ignorancia lamentando, si es el caso… si no está contenta con el transcurrir de su vida, lo que no consiguió.
En los dos casos, los dos se ayudaron y crecieron.
Mientras nos estamos relacionando, nos ayudamos a comprender el significado de la vida.
Nos aportamos conocimientos, que nos afectan y afectarán a lo largo de toda nuestra vida.
Nada queda en el olvido, por más que dejemos de recordarlo conscientemente.
Nos ayudamos a crecer siempre.
Por nuestras particulares características, somos los más adecuados para este fin.
En la vida no hay errores, hay experiencias que clasificamos como tales.
El día que lo comprendemos, dejamos de luchar y comenzamos a fluir con ella.
Ya no hay apegos… las personas no somos posesiones.
Ya no hay soledad ni luchas de poder… todos estamos hermanados.
Nos enfocamos en como nos sentimos y en mejorarnos.
Reconocemos y agradecemos lo que si tenemos de bueno, y también lo que, fruto del aprendizaje, ya no queremos.
Claro indicio de que hemos aumentado nuestro nivel de conciencia.
No son las situaciones que vivimos… es como nos sentimos con lo que vivimos, lo que realmente nos importa.
De como nos sentimos, no de lo que poseemos, es de donde extraemos las enseñanzas.
A mayor conocimiento más libertad.
A mayor conocimiento más podemos elegir como nos sentimos. Más que reaccionar, lo que hacemos es decidir.
El ego no ha de ser anulado, ha de ser controlado.
Si lo dejamos libre, actúa por impulsos. Es como un coche sin control.
Si no sabemos aún controlarlo… la vida nos irá obsequiado con todas las experiencias necesarias para lograrlo.
Hemos de aceptar que, a cada instante, decidimos nuestra siguiente acción, por banal que sea… y lleva implícito que desconoceremos a priori el resultado de las decisiones descartadas… y también de la seleccionada, pues todas ellas son pura especulación.
Desde: me pongo este o este otro jersey, encamino mis pasos a tal o cual lugar y a una determinada hora… a cambio de pareja, casa, trabajo… decidimos a cada momento… sin saber hacia donde nos llevará realmente la decisión tomada.
Nuestro propósito inicial, siempre es que nuestra decisión nos aporte bienestar.
Decisión a decisión hemos llegado a, justo, donde estamos ahora.
No hay otro responsable que uno mismo, de hacía donde ha encaminado sus pasos.
No somos culpables de lo que hemos ido decidiendo.
En todo momento lo hicimos lo mejor que supimos… y no supimos hacerlo mejor.
Si, somos responsables de las consecuencias de nuestras decisiones.
A medida que experimentamos, crecemos.
Quienes hoy forman parte de nuestra vida, son los más adecuados para hacerlo.
Visto desde esta perspectiva, guardar rencor a quienes nos ayudan a ser quienes somos, porque la experiencia nos duele, es absurdo.
Las lecciones más valiosas son las que nos llevan al límite.
Es, en éstas situaciones, donde tenemos la oportunidad de actuar superando nuestros miedos.
En todo momento mostramos la mejor versión de nosotros mismos.
Susceptible de ser mejorada o empeorada, según las circunstancias que acontezcan… y nuestro nivel de conciencia, del momento.
No hay nada fruto de la casualidad.
Todo es fruto de la causalidad.
Las personas que forman parte de nuestra vida son, por ello, siempre las más adecuadas.
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